Llegan estos días y recuerdo. Rescato este texto del taller de lecto-escritura que hice para ingresar en la carrera. Estos días, como cualquier otro.
Hoy parece ser un día como cualquier otro. Tengo que
hacer unos trámites en el centro por lo que decido levantarme temprano. La casa
está limpia. Se ve que Mariano ordenó antes de irse a trabajar. Mariano está
raro en estos días, me pidió si podía irme a la casa de mamá y mirándolo extrañada
le dije que sí. Me tomo un café cargado y parto con infinidad de papeles hacia
una oficina cerca de Plaza Once, donde me esperan una infinidad de sellos para
los correspondientes papeles. Luego, pensé, tendría tiempo de almorzar
tranquila en casa, armar el bolso y viajar hasta lo de mamá. Es un hermoso día
de sol y con los auriculares emanando Patricio Rey emprendo la caminata. La
gente parece preocupada. Pero los tiempos que corren, ameritan los rostros
compungidos. Igual no deja de ser un día más. El paisaje de calles cortadas ya
era habitual, por lo que decido caminar por Alsina esquivando el Congreso. Al
llegar a las oficinas de la calle Azcuénaga me alegro al ver que la cola de
gente que normalmente alcanza las dos cuadras, hoy no existe. Sólo tres
personas se encuentran adelante mío. El trámite se hace rápido, cerca de las
diez de la mañana estoy afuera con todo el papelerío sellado. Camino hasta
Rivadavia pensando en mirar vidrieras y conseguir quizá algunas baratijas para
comprar. A medida que voy caminando las persianas de los negocios se van
cerrando. Es extraño…serán apenas las diez y media de la mañana. Me doy vuelta
una y otra vez, la sensación de que algo grande y peligroso viene detrás de mí
es cada vez mayor. Los comerciantes cierran sus negocios rápidamente y puedo
percibir su miedo. Empiezo a pensar, que quizá no es un día como cualquier
otro. Al llegar a Entre Ríos me doy cuenta que es imposible atravesar la
avenida, cubierta por un mar de gente, hombres encapuchados, armados con palos,
contrastando con un sinfín de mujeres, niños y ancianos. Me pierdo entre la
multitud y logro cruzar la avenida. Al llegar a casa me encuentro con Marcos.
Marcos es compañero de Mariano de la facultad, suele venir a casa a estudiar,
pero hoy acomodaba unas botellas en la cocina y traía en su mochila una gran
bolsa de limones. Parece que hoy no es un día como los demás. Ante la mirada
intimidante de Marcos, que no deja de echarme de mi propia casa, armo
rápidamente el bolso. Un poco asustada, bajo los nueve pisos por la escalera,
porque en el edificio han cortado la luz. Salgo a la calle, con la ilusión de
poder subirme rápidamente al primer colectivo que me lleve a Palermo. Es
imposible. Las calles están cortadas, la gente se ha movilizado y la policía
reprime con gases lacrimógenos. Me refugio en un kiosco, compro cigarrillos y
tomo coraje. Corriendo entre la multitud intento separarme del caos. Ya no sé
dónde estoy, vislumbro un colectivo, parece ser el doce, me subo y le pregunto
al chofer: -¿a Palermo?, a lo que me responde: -“si llegamos…” Luego de varias
cuadras de embotellamiento, la ciudad parece despejarse de gente y de autos. De
golpe, la nada. El despoblamiento repentino me asusta. Está claro que no es un
día como cualquier otro. Al bajar en Plaza Italia el sonido a latas es
ensordecedor. Corro las tres cuadras que me separan de lo de mamá. Tengo miedo.
Por estos lados, todos los negocios están cerrados y la gente parece
atrincherada en sus casas, en sus balcones, en las entradas de los edificios.
Pedro, el portero, no está como siempre parado en la puerta con su gran
sonrisa. Por suerte tengo llaves y entro. En el cuarto piso el sonido latoso
parece retumbar más fuerte y mi deseo de silencio se acrecienta. Entiendo que
lo que sucede es grave. Espero ansiosa a mamá que llega minutos más tarde y me
abraza como nunca antes. Una eternidad después me suelta, me toma la cara con
ambas manos y me besa en la frente, sin emitir palabra. Yo tampoco sabía qué
decirle y nos sentamos en el cómodo sillón blanco escuchando los sonidos de un
día que, claramente, no era como cualquier otro. El tiempo ha pasado rápido y entre el retumbar
de latas y bombas de estruendo prendo la televisión y veo cómo todos los
canales transmiten una y otra vez la imagen del helicóptero partiendo de la Casa Rosada. Definitivamente,
este veinte de diciembre no ha sido un día como los demás.

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