Desde la formación como gestores
culturales, comprendemos a la cultura en
un sentido amplio, como el conjunto de manifestaciones simbólicas que identifican
a una comunidad. Pero, también entendemos que el concepto de cultura es meramente
político y su concepción varía según la ideología que se tenga. La UNESCO
define a la cultura como conjunto de
rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que
caracterizan a una sociedad. Engloba, además de las artes, los modos de vida,
los derechos del ser humano, valores, tradiciones, y creencias (México, 1982).
Al
entender a la cultura en su sentido más amplio, la consideramos jurídicamente
como Derecho Humano, reconocido por la Declaración Universal de los Derechos
Humanos (Art. 27), diversas conferencias intergubernamentales y en nuestra
propia Constitución Nacional. A diferencia de los derechos civiles y políticos,
que son efectivos desde su reconocimiento y el Estado no interviene salvo que
sean violados, para garantizar los derechos culturales, como los sociales, es
necesaria una intervención estatal. El Estado es, entonces, quien debe
garantizar el derecho a la cultura, no sólo desde su reconocimiento sino generando
legislación que permita llevar adelante políticas culturales públicas
sustentables y a largo plazo.
Es
necesario que cada sector del Estado, ya
sea nacional, provincial o municipal, genere un debate sobre la cultura y su
papel en la sociedad, atendiendo el derecho de las minorías, el cuidado del
patrimonio, la identidad, la participación ciudadana en la construcción de la
cultura, el respeto a la diversidad, el derecho a gozar de la cultura, a
participar en vida cultural, a apropiarse de bienes culturales y a gozar de los
beneficios del progreso científico y tecnológico.
Debido
a su naturaleza compleja y a la utilización política del término cultura, las
políticas culturales al igual que su financiamiento dependerán de quienes las
ideen y las ejecuten. En un espacio cultural contemporáneo heterogéneo y
complejo, las políticas culturales deberán tener en cuenta la variedad cultural
de los destinatarios, la complejidad social y territorial y los agentes e
instituciones que interactúan.
Los
Estados poseen una política cultural. Entender a la cultura como un gasto, como
algo ocioso e improductivo es una posición política que implica la ausencia de
legislación, políticas y financiamiento en dicha área. Esta postura es con la
que hemos convivido durante mucho tiempo desde los diversos gobiernos tanto
nacionales, provinciales como locales. La posición es clara y se ve reflejada
en el lugar que ocupa la cultura en los organigramas estatales y en el
presupuesto que se le asigna. La NO
política cultural, es, en definitiva, una política clara de reproducción de las
relaciones sociales dominantes y el mantenimiento del statu quo, dejando de
lado la inclusión, la diversidad y la democratización cultural. Al no garantizarse desde el Estado las
condiciones de igualdad para el acceso a
los bienes culturales, solo acceden a ellos las clases más altas de la
sociedad. Esta visión es reproducida desde la misma sociedad, por lo que
tampoco existe un debate ni un reclamo fuerte.
En
nuestra ciudad no se reclama el derecho a la cultura, no existe una presión
social para que los gobiernos modifiquen su postura, que se ha mantenido bajo
estos lineamientos en las diferentes gestiones. En el esquema municipal, la
Dirección de Cultura, depende de la Secretaría de Producción, Turismo y
Cultura, tanto para su financiamiento
como para la toma de decisiones. En los últimos diez años hemos visto, en las
distintas gestiones, algunas “acciones” culturales o eventos culturales
gestionados por el Municipio. En general ligados a las artes y a los
espectáculos. Sin embargo, notamos una ausencia de Políticas Culturales
Públicas que respondan a los problemas y necesidades concretas de la comunidad.
Las Políticas Culturales no son hechos aislados, son un conjunto de
intervenciones, acciones y estrategias que distintas instituciones
gubernamentales, junto con organizaciones no gubernamentales, privadas,
comunitarias, etc., ponen en marcha con el propósito de satisfacer las
necesidades y aspiraciones culturales, simbólicas y expresivas de la sociedad.
Es
necesario comprender que nuestro Partido, es heterogéneo en cuanto a realidades
socio-culturales. Conviven en él, localidades, pueblos, barrios con diferentes características y por
lo tanto concentrar los eventos culturales en un solo sector, implica
necesariamente dejar afuera al resto. La
NO política excluye y discrimina, es por eso que para democratizar el acceso a
la cultura es necesario el accionar estatal a través de una política pública
comprometida con los derechos de los ciudadanos.
Las
políticas públicas en gestión cultural, implican diagnóstico, programación,
planificación, ejecución de planes, asignación de recursos, seguimiento de
acciones, coordinación y objetivos comunes y no pueden ser puestas en práctica
sin los mecanismos de financiamiento que la sustenten. Para lo cual, es
necesario eliminar el concepto de cultura como “decorado balsámico”, o
entenderla como algo suntuario, propio de gente pudiente o como gasto
innecesario. El financiamiento de las políticas de promoción de acceso a los
bienes culturales debe ser percibido como una inversión, dentro de una
actividad que también es parte de un sector económico, productivo, donde se
elaboran bienes y servicios, donde se genera valor y beneficio.
Esto implica una firme decisión
política e indeclinable voluntad transformadora del Estado. Generar equipos
idóneos y creativos para llevar adelante la tarea de efectivización del derecho
a la cultura, partiendo de políticas públicas que den respuesta en el corto,
mediano y largo plazo y satisfagan las
necesidades culturales de todos los ciudadanos. Y también, es fundamental un
cambio de visión en toda la sociedad, para que cada ciudadano exija el
reconocimiento de sus derechos culturales. Mientras
que nosotros, futuros gestores culturales, constructores de sentido, debemos
repensar nuestra profesión y analizar si los sentidos que ayudamos a construir
son alienantes o emancipadores.

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